ARCHIVE du patrimoine immatériel de NAVARRE

Los Arcos

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  • Nom officiel:
    Los Arcos
  • Type de localité:
    Municipio simple
  • Recensement:
    1.119 (2016)
  • Extension:
    57.00 km2
  • Altitude:
    447 m
  • Pampelune (distance):
    62.00 Km



Zona no vascófona.

Limita al N con Mués, Sorlada y Etayo, al E con Villamayor de Monjardín, Barbarin y pertenencia de Luquin, al S con Sesma, Mendavia y Lazagurría y al O con Sansol, Cortecampo (pertenencia de Piedramillera), El Busto y Desojo. El término está integrado por diversas franjas de formaciones geológicas plegadas que se traducen en una serie de colinas o serrezuelas orientadas de O a E y separadas por depresiones y valles. De N a S afloran las arcillas alternantes con areniscas rodadas; luego los yesos del oligoceno, estos últimos han sido modelados en forma de crestas (Lomba, 598 m, y Alto de las Cruces, 625 m), después la facies detrítica oligomiocenica arcillo-areniscosas y yesífera (crestas junto a la villa); las arcillas miocénicas, conservadas en la cubeta sinclinal de Los Arcos; y nuevamente los yesos oligomiocénicos plegados (anticlinal que la erosión modeló) igualmente en las crestas y barrancadas de dirección ONO-ESE que accidentan la parte meridional del término.

Clima 

Clima y vegetación son de tipo mediterráneo: las lluvias no pasan de moderadas (500-600 mm), caen en 60-80 días y el verano es seco; la temperatura media anual varía de 10° a 13° C, según la altura, y la evapotranspiración potencial, de 650 a 725 mm.

Flora

Los encinares que cubrieran el territorio antes del poblamiento humano han desaparecido.

 

HERÁLDICA. Partido: 1.° de azur y dos arcos de oro tendidos uno sobre el otro, con las puntas de las flechas hacia arriba. 2.° de gules y un castillo de oro mazonado de azur. En bordura de gules las cadenas de Navarra de oro. Así figura en el Salón del Trono de la Diputación y en el Ayuntamiento de la Villa. Se lo dio Sancho de Peñalén tras la batalla de Valdegón. Se conocen varios sellos usados por la villa. En el Ayuntamiento de Pamplona se guarda uno de 1273 que representa una saeta con la punta de la flecha hacia arriba. Otro de 1291, con el motivo del arco en campo floreado, rodeado de cuatro escudetes con las armas de Navarra y Champaña. Finalmente, en 1396 era partido: 1.° de Navarra. 2.° de Champaña con dos flores de lis, sumado del arco.

CASA CONSISTORIAL. La antigua casa de la villa, situada en la calle del Rancho, fue construida durante el siglo XVI. La actual casa consistorial, diseñada por Andrés García, se hizo en 1764, en piedra de sillería y ladrillo, con cadenas de sillar en las esquinas, y ha sido reformada recientemente, con una inversión de 18,5 millones, financiados con ayuda del Gobierno de Navarra. Su ayuntamiento está regido por alcalde y ocho concejales.HISTORIA. En su término se localizan los asentamientos arqueológicos de La Atalaya, el Castillar, y San Lorenzo, fechados en la Edad del Hierro. En la época romana se pobló el actual núcleo, en concreto el lugar donde se asentaba el castillo. Las excavaciones realizadas han reportado algunos mosaicos y diversos restos de cultura material. Entre los hallazgos sueltos destacan un hacha pulimentada de la Edad del Bronce y una lápida funeraria de época romana.
Como sugiere su nombre, la villa medieval probablemente se alzó como una repoblación de las ruinas de la localidad romana de Curnonium citada por Tolomeo. Por lo menos un texto de 1113 aparece datado en «la villa llamada Cornonia de los Arcos». Una de las primeras referencias históricas conocidas aparece en el Codex Calistinus. Aymeric Picaud la llama «Urancia que dicitur Arcus» y Los Arcos será a partir del siglo XII su nombre común. Su emplazamiento sobre el camino de Santiago debió de contribuir a un rápido desarrollo. El rey Sancho VI el S¬bio le concedió (1175) fuero propio equiparando en sus prestaciones a «francos» y «labradores» y estableciendo garantías para la celebración del mercado semanal. A lo largo de la Edad Media en su recinto urbano convivieron los oriundos del territorio, francos y judíos dedicados a la agricultura, la artesanía y el comercio. Las ferias y mercados concedidos por los reyes, la presencia de hospitales y lazaretos, y las edificaciones civiles y religiosas son símbolo de la pujanza alcanzada a lo largo de los siglos, de la que es reflejo su lugar en las Cortes del Reino de 1423. Juan Périz ocupa como procurador el séptimo lugar del brazo de las Universidades. La demografía es fiel reflejo de este ascenso. Como buena villa disfrutó siempre de asiento en las Cortes del Reino. Los propios vecinos se redimieron mediante una compensación económica, de la mitad del censo anual que debían al rey en concepto de «fossadera» (1368). Carlos II los liberó de la otra mitad (1380) en atención al esfuerzo efectuado en la reciente guerra con Castilla. Aunque conservando sus fueros y costumbres estuvo durante más de tres siglos (1463-1753) incorporada a Castilla, junto con Armañanzas, El Busto, Sansol y Torres del Río que, como Nazar, eran las aldeas de su partido.
Fue saqueada por el ejército francés que trataba de recuperar la corona de Navarra para Enrique II de Albret (mayo 1521) por mantenerse fiel a Carlos V, quien por eso le concedió el privilegio de tener «mercado franco» cada miércoles, a perpetuo, en 1523. En 1571, Felipe II ratificó sus fueros, y visitó la villa en 1592. Y la misma confirmación expresa hicieron después Carlos II (1697) y Felipe V (1701). Las relaciones con el reino de Navarra, por otra parte, tuvieron sus dificultades. Todavía en el siglo XVI, las autoridades navarras decidieron cobrar aranceles por lo que pasaran los de Los Arcos y su partido en una u otra dirección, por las fronteras entre Castilla y Navarra en que habían venido a parar los límites del partido. Los representantes de éste protestaron de ello al virrey y al rey en 1567, alegando que esa práctica contravenía el privilegio de 1463 de guardar sus fueros y solicitando que al pagar los derechos fueran tratados en Castilla como castellanos y en Navarra como navarros. Los representantes de este reino se opusieron porque el compromiso de respetar los fueros de Los Arcos había sido adquirido por Castilla y no por Navarra. Felipe II resolvió el asunto en 1570 ordenando que los del partido de Los Arcos pagasen aranceles en las tablas de Castilla como si fueran navarros (Tablas). En 1702 el partido mantenía la prohibición de importar vino navarro; las Cortes de Navarra replicaron por eso prohibiendo a su vez la entrada del vino de Los Arcos y de las cuatro villas restantes en el reino, y fue Fernando VI quien en esta ocasión hubo de intervenir suspendiendo esa ley de Navarra por real cédula de 8 de abril de 1747.
Al cabo, se impuso la reincorporación, que no por ello fue menos dificultosa; los habitantes de Los Arcos pusieron como condición, primero, que se les permitiera elegir a sus alcaldes sin recurrir al virrey; segundo, que el alcalde ordinario de cada una de las cinco villas tuviese la jurisdicción civil y ordinaria en primera instancia, como la tenían por lo menos desde fines del siglo XV; tercero, que se mantuviera la distinción entre estado noble y estado de francos infanzones en la elección y ejercicio de los cargos; cuarto, que subsistiera el privilegio de feria anual y mercado franco semanal; quinto, que se les permitiera exportar libremente cereal a Castilla; séptimo, que se devolviera a la villa de Los Arcos su asiento y voto en las Cortes de Navarra, con el séptimo lugar en el orden de las universidades, que era el que tenía en el momento de su separación. Por su parte, los representantes de Navarra expusieron al rey sus objeciones sobre algunas de estas demandas y Fernando VI resolvió por Cédula de 15 de mar¬zo de 1753. En ella, además de reincorporar el partido de Los Arcos al reino de Navarra, sobre la primera condición declaraba abolidos los oficios de alcaide y alcalde mayor, en tanto que el nombramiento de alcalde ordinario había de ser ratificado por el virrey; aceptaba las condiciones segunda, tercera, cuarta y quinta, y, respecto a la sexta, devolvía a Los Arcos el asiento y el voto en Cortes pero en el noveno lugar.
En adelante, reintegrado ya a este reino, el partido dejó de tener relevancia administrativa como tal. Cada uno de las cinco villas elegía su alcalde ordinario. Más tarde, las reformas municipales españolas de 1835-1845 sancionarían esta situación al quedar en ayuntamientos enteramente separados, aunque sometidos ahora a derecho común. Sólo entre 1822 y 1823 Los Arcos fue Partido judicial.
Como tantos pueblos de Navarra, la villa de Los Arcos sufrió de manera notable las guerras del siglo XIX. Durante la de la Independencia (1808¬1814), destacó por su beligerancia contra los franceses -que sin embargo la ocuparon durante buena parte de la contienda- y fue por eso objeto de represalias. Al comenzar la primera Guerra Carlista (1833-1839), el entorno de la villa fue escenario del apresamiento del caudillo Santos Ladrón de Cegama. Los Arcos fue ocupado por los carlistas en febrero de 1835.
Mediado el siglo XIX el hospital de Santa Brígida cuyo origen se remontaba a 1722, contaba con capellán, enfermera y dos sirvientes; había escuela de latinidad, a la que asistían veinticinco alumnos, y dos escuelas de primeras letras, una de niños, a la que concurrían 130, dotada con 5.320 reales, y otra de niñas, con doscientas alumnas y una dotación de 6.000 procedentes de una fundación.
La iglesia parroquial contaba con un vicario y doce beneficiados, de provisión del obispo de Pamplona y la propia villa; con la exclaustración se había cerrado el convento de Capuchinos que tuvo. El término comprendía 39.614 robadas, de las que 16.164 se hallaban en cultivo y el resto eran para pastos; había un molino harinero de agua, cinco fábricas de aguardiente y una de curtidos, continuaba celebrándose el mercado semanal cada miércoles y había feria anual desde el 18 de octubre al primero de noviembre.
Pese a su situación y riqueza, Los Arcos tendió a estabilizarse demográfica y económicamente durante la segunda mitad del siglo XIX y los comienzos de nuestra centuria. En los años veinte, había sendas fábricas de velas, aguardiente y harinas, dos de chocolates, algunas manuales de conservas y varios talleres. Contaba asimismo con puesto de la guardia civil, tres escuelas y conventos de franciscanas recoletas de la Purísima Concepción y hermanas de San Vicente de Paúl, estas últimas atendían el hospital y tenían escuela.

CASTILLO. En época medieval, la villa estaba dominada por un castillo, del que hoy no quedan vestigios. Constituía la fortaleza un recinto amurallado, defendido por unas veinte torres, que tenía cierta analogía con el Cerco de Artajona. Y como en este caso, parece que originariamente albergó la población, o al menos parte de ella, dentro de sus muros. De ello se habla en el fuero otorgado por Sancho el Sabio el año 1175.
En 1230, reinando todavía Sancho el Fuerte, era gobernador de la plaza y su distrito Diego Álvarez. Reinando ya Teobaldo I, en 1237, estaba a cargo de Juan de Vidaurre. En 1276, Gil Martínez de Los Arcos prestó homenaje a la reina doña Juana por esta fortaleza. En los últimos años del siglo XIII era alcaide Raolín de Chamblón. Entre los años 1305 y 1320 lo era Pedro Ximénez de Mirafuentes, con una retenencia de 6 libras y 30 cahíces. Hizo obras en el pórtico, tejados de las casas y postigo del recinto. Nuevos trabajos de reparación se realizaban en 1350.
Reinando ya Carlos II, en 1357, tenía el alcaidío Sancho Pérez de Arróniz. Más tarde, entre 1369 y 1377, Miguel Pérez de Ciriza, que también efectuó obras en el castillo. Por entonces se hizo un molino de trigo dentro del recinto. Carlos III confió la guarda en 1387 a su chambelán Remón de Esparza, que en 1393 puso como lugarteniente a Fortuño de Esparza, que estuvo hasta 1402. Ese año también hubo obras. En 1403 entró como alcaide Jaques Bretón, que todavía seguía siéndolo diez años después. En 1422 ocupaba el puesto Juan Miguel de Urdiáin.
En 1429, ante la inminente guerra con Castilla, se mandó reparar y acondicionar el castillo, cuya guarda se confió a Pedro de El Busto. Al año siguiente, se puso una guarnición extraordinaria de 15 hombres al mando de Juan Martínez de Eusa, aparte de la que defendía la villa. La reina doña Blanca dio 12 florines para comprar 4 cañones de pequeño calibre para la fortaleza. En 1431 proseguían las obras de reparación y se acondicionaba el aljibe. Se compraron 1.600 tejas. La madera se trajo de los montes de Abárzuza. Pedro de El Busto estuvo en activo hasta 1449. En la época de las luchas civiles, hacia 1455, era alcaide Miguel de Arizmendi, señor de Zozaya, con una guarnición que mandó reforzar mosén Pierres de Peralta, lugarteniente general. Poco después, en 1463, la villa y su castillo fueron agregados a la corona de Castilla, en virtud de cierta sentencia arbitral dictada por Luis XI de Francia, Y no se restituirían hasta 1753. Está circunstancia salvó el castillo de las órdenes de demolición de 1516 y 1521. Sin embargo, a mediados del siglo XVIII, al haberse desplomado algunas torres y partes del muro sobre las casas del pueblo, se tomó la resolución de derribarlo enteramente, para evitar el peligro.
En el siglo pasado, la Comisión de Monumentos de Navarra llevó a cabo la exploración de una galería subterránea en pendiente, de unos 80 metros de longitud, que terminaba en un gran pozo o cisterna cerrado, hallándose diversos restos arqueológicos.

 En esta villa destaca como principal monumento la parroquia de Santa María, uno de los edificios religiosos más destacables de Navarra, engalanado con fastuosas decoraciones renacentistas y barrocas. Su origen hay que remontarlo al último cuarto del siglo XII, posiblemente a 1175, cuando Sancho el Sabio otorgó a la villa sus fueros. Entonces se emprendió la construcción de una iglesia protogótica, en relación con las de los grandes monasterios benedictinos y cistercienses de la época, que estaba terminada para el año 1270. En esta fecha el obispo de Pamplona don Armingot la hipotecó con la abadía de Salinas de Oro al obispo Bibiano de Calahorra. Este primitivo templo medieval tuvo tres naves alargadas con arcos apuntados sobre pilares cruciformes provistos de medias columnas en sus frentes y otras enteras en los codillos, a juzgar por los restos que de esta fábrica protogótica se aprovecharon en el coro y sotocoro. En aquél se conserva un alto arco apuntado, reutilizado para su embocadura, que debió ser uno de los fajones de la nave central, la cual se cubriría por bóvedas de medio cañón apuntado. Este tipo de cubierta aún subsiste en la vieja capilla bautismal, sita a los pies de la iglesia, tras el sotocoro. Junto a ella por el lado de la Epístola, se erigió en torno al 1500 la capilla de los Eulate, dependencia cuadrada con bóveda de terceletes que comunicaba directamente con la calle a través de una portada de dintel moldurado, cuyo remate ofrece un apuntamiento con macollas entre pináculos, todo ello contenido en el gótico tardío de estas fechas.

Durante la segunda mitad del siglo XVI, aproximadamente entre 1561 y 1591, la parroquia sufrió una importante transformación de estilo plateresco, que fue encomendada a los canteros vascos Martín y Juan de Landerráin, muy activos por aquellas fechas en Guipúzcoa, Aragón, Rioja y Navarra. Además de la portada de ingreso y de la torre, dichos maestros remodelaron el interior de la iglesia y de estos trabajos hay que resaltar las obras que afectaron al coro y sus dependencias anejas. El coro, elevado sobre arco con los tondos de la Virgen de la Anunciación y el Arcángel San Gabriel, es un amplio espacio rectangular de gran riqueza decorativa, cubierto por bóveda estrellada con nervios mixtilíneos y claves labradas que incluyen bustos del Padre Eterno, la Virgen, los Apóstoles y otros santos, completándose tales ornatos con las ménsulas platerescas que recogen los nervios. Esta cubierta se prolonga hacia los pies por medio de un arco de medio punto, cuyos casetones se aprovecharon para colocar bustos de los Santos Padres, los profetas y las virtudes, más símbolos diversos, cabezas de querubín o simples rosetas. No menos suntuoso es el acceso al coro, realizado desde el lado del Evangelio a través de una escalera de dos tramos paralelos con balaustrada, en cuyo arranque aparece un león recostado portando las insignias de San Pedro en una cartela de cueros retorcidos.

El definitivo aspecto del templo se alcanzó en la reforma barroca llevada a cabo entre 1699 y 1705 bajo la dirección de Juan Antonio San Juan, veedor de obras del obispado de Pamplona. Prácticamente, la parroquia se construyó de nuevo, respetándose tan sólo la fábrica de los pies. De esta suerte se convirtió en una iglesia de cruz latina, muy semejante a las de los conventos de la época, pero de grandes dimensiones, con espaciosa nave, más ancha que la medieval, y un gran crucero que sirve de embocadura a una cabecera poligonal con gran exedra en el centro, exigida por el aprovechamiento del retablo mayor que se había labrado unas décadas antes. Los alzados del templo se articulan por un orden gigante de pilastras cajeadas con capiteles compuestos de follajes completan su efecto la cornisa que monta sobre ellas y recorre todo el perímetro de la cruz. Entre dichas pilastras se abren altos arcos de medio punto que comunican con las capillas laterales de la nave, cuyo intradós descansa a su vez en otras pilastras pero de orden normal. Todo el recinto se cubre por bóvedas de medio cañón con lunetos y fajones, salvo el tramo central del crucero que recibe una media naranja sobre pechinas, imponente no sólo por sus dimensiones sino también por su abigarrada decoración de yeserías, obra de artistas de Calahorra. También contribuyen a la riqueza decorativa del interior las pinturas que entre 1742 y 1745 realizó José Bravo, maestro mayor de dorados, estofador y pintor del obispado de Burgos. Dichas pinturas aparecen fundamentalmente en las cubiertas donde fingen escenas religiosas diversas, además de variados motivos ornamentales, aunque recubren igualmente los muros del crucero y de la cabecera, en este caso como unos tapices de rico color y fondos dorados, no al fresco sino al óleo sobre paneles de madera. Años después, en torno a 1761, José Ordocia, con diseños de Santiago Zuazo, pintó los frescos rococó del coro, de nuevo con representaciones religiosas. A tono con este conjunto existe una sacristía, emplazada junto a la cabecera por el lado de la Epístola, cuyos muros y cúpulas llevan otras pinturas de Ordocia, simulando motivos rocallescos.

En el exterior la parroquia muestra una fábrica de excelente sillería sobre la que monta el cuerpo octogonal de la cúpula, construido en ladrillo. Por el lado del Evangelio se antepone un pórtico barroco con siete medios puntos que montan en pilares cruciformes, según el proyecto del veedor San Juan que fue llevado a cabo por el cantero de la zona Francisco de Ibarra. Esta galería protege una portada plateresca de hacia 1560-70, que se aprovechó en la reedificación del siglo XVIII. Obra de los Landerráin, se concibe como una especie de retablo de estructura abocinada, quizá por influencia de una portada románica anterior, aunque también son claros los débitos a la solución absidal de la portada de Santa María de Viana. Como el primer cuerpo de ésta, presenta un esquema de arco de triunfo con un amplio medio punto enmarcado por parejas de columnas acanaladas y compuestas, en cuyos entrepaños se sitúan sendas hornacinas bajo veneras. Con el empaque y clasicismo de este cuerpo contrasta un ático formado por columnillas y frontón triangular situado bajo un arco abocinado cubierto por cuatro series de casetones. Esta estructura recibe una abundante y dinámica decoración plateresca, conviviendo grutescos, rosetas y cabezas de querubines que guarnecen los principales elementos arquitectónicos. La producción escultórica se enriquece además con una completa iconografía, que desde el ático preside una Virgen sedente con el Niño de belleza idealizada, muy clásica, si bien resultan más satisfactorias las dos esculturas de San Pedro y San Pablo sitas en los nichales del cuerpo inferior, ambas de un fuerte expresivismo en relación con las escuelas riojanas y burgalesas del momento, que determina sus contorsionadas posturas y agitados paños; sus cabezas también son magníficas, en particular la de San Pablo que sigue el modelo del Moisés de Miguel Ángel. A continuación de esta portada y en los pies del edificio se eleva la torre renacentista de la iglesia, la más hermosa y monumental del siglo XVI en Navarra, de cuyas obras se encargaron asimismo los Landerrain. Presenta tres cuerpos cúbicos decrecientes y un cuarto octogonal, en el que se concentra la riqueza arquitectónica y decorativa del proyecto, con arbotantes que descargan en robustos cilindros extremos y caladas tracerías góticas en los arcos y óculos, más una balaustrada que rodea todo su contorno. Los Landerrain posiblemente intervinieron también en el claustro que en 1564 se construyó en el lado opuesto de la parroquia. De estructuras góticas, es un recinto cuadrado con cinco arquerías apuntadas por crujía, ostentando cada una de estas arcadas una compleja tracería flamígera. Esta riqueza del claustro se acentúa con las ménsulas y claves esculpidas de sus bóvedas de crucería.

El interior barroco de esta parroquia se halla presidido por un gigantesco retablo mayor, cuya larga historia se remonta al año 1648, aunque recientemente fue labrado entre 1664 y 1684, ocupándose de él los maestros arquitectos Martín de Aranalde y José Viñaspre más los escultores Pedro Uqueraniz y Juan de Amézqueta. El retablo constituye un extraordinario conjunto, acrecentando su interés al ser una de las primeras muestras de la retablística barroca en Navarra. Consta de banco y dos cuerpos divididos en tres calles por columnas de estrías onduladas, según un esquema que no varía mucho del empleado décadas antes en los proyectos romanistas, e incluso sus soportes resultan arcaizantes, si bien incorpora como novedad un gran cascarón de remate, que preludia las soluciones más avanzadas del siglo XVIII. Su principal rasgo barroco hay que buscarlo en la abigarrada decoración a base de roleos vegetales o abultadas placas de hojarasca de apariencia cactiforme, motivos que recuerdan los ornatos de los retablistas cortesanos de mediados del siglo XVII, con Pedro de la Torre o Alonso Cano. Este entramado alberga escenas de la Pasión de Cristo, que quedan en el banco, y diversos misterios de la vida de la Virgen distribuidos por las calles laterales hasta culminar en el grupo de la Asunción que preside el ático. Con ellos se entremezclan las imágenes de los doce Apóstoles, que aparecen delante de las columnas para así simbolizar su misión en el edificio místico de la Iglesia. Tanto los relieves como estos bultos se caracterizan fundamentalmente por un naturalismo derivado del arte de Gregorio Fernández, lo mismo que los acartonados pliegues de sus ropajes, aunque también perviven algunos esquemas romanistas, al igual que en la traza. Pese a esta proliferación de esculturas barroca, el retablo en su conjunto sirve de marco para la imagen gótica de Santa María de los Arcos, que ocupaban nicho principal. Es una extraordinaria talla de la Virgen sedente con el Niño, fechable en el siglo XIV, como otras semejantes de Navarra que responden igualmente al modelo de Andra Mari. La imagen sólo admite parangón con la Virgen de la Barda de Fitero o la Virgen de Miranda de Arga, tanto por su monumentalidad como por su perfección. Bajo ella se alza el aparatoso sagrario expositor que a partir de 1736 talló Juan Ángel Nagusia, todo él recubierto de follajes y guirnaldas. Poco tiempo después, hacia mediados del siglo XVIII, el retablo se aumentó con dos alas que repiten su traza y elementos arquitectónicos, aunque el ornato, próximo ya a lo rococó, les confiere un aspecto mucho más delicado. En ambas piezas se localizan cuatro tallas de los arcángeles que sustituyen los Apóstoles de la parte central. Con este retablo mayor forman conjunto los dos colaterales que se adosan a los brazos del crucero, sirviendo de embocadura al presbiterio. Dedicados a San Juan Bautista y la Inmaculada Concepción, testimonian la gran inventiva y destreza del artista estellés Juan Ángel Nagusia, quién trabajó en estos retablos entre 1718 y 1721. Sus dos cuerpos de columnas salomónicas aparecen totalmente cubiertos de una prolija ornamentación de follajes, más cabecitas infantiles de tocados diversos, otorgándoles un gran efecto de suntuosidad, realengo por el esplendor de sus oros. En el primero de estos colaterales figuran dos tallas de San Juan Bautista y Santa Elena, de transición del romanismo al barroco, que deben pertenecer al retablo que hizo el escultor Pedro Jiménez en torno a 1627; sobresale la imagen del Bautista, que sigue el modelo de Juni. La Inmaculada concepción del otro colateral es una típica talla dieciochesca con telas policromadas. Estos retablos de la cabecera se completan con los laterales que asoman a la nave desde las capillas de San Francisco Javier y San Gregorio Ostiense, obra también de Juan Ángel Nagusia, aunque en la ejecución de uno y otro median más de treinta años, ya que el de San Gregorio fue tallado a partir de 1710 mientras que el otro se contrata en 1741. Los dos se ajustan prácticamente a una misma traza, comprendiendo un alto banco, cuerpo y ático curvo, los cuales acogen un buen número de columnas salomónicas y estípites. No obstante, la estructura aparece como aplanada, sobre todo si se compara con los colaterales del crucero, acentuándose este efecto por sus mayores dimensiones. Su riqueza decorativa es menos abigarrada que en la de los referidos colaterales. Dichos ornatos son particularmente finos en el altar de San Francisco Javier, donde serpentean unos follajes menudos y de delicado tratamiento, propio de su cronología más avanzada. También contribuye a la riqueza de estos retablos una abundante imaginería barroca de composiciones movidas y paños volados. Mención especial merecen las tallas del altar de San Gregorio, entre ellas las imágenes de Santa Bárbara, el Santo Ángel Custodio y San Miguel así como la de Santa Catalina, que en 1760 talló el escultor de Calahorra Diego de Camporredondo; el titular es una obra de finales del siglo XVII, posiblemente de Francisco Jiménez, descendiente del citado Pedro Jiménez. Cerca de este retablo se localiza el de la Visitación, obra de comienzos del siglo XVI, que en su día perteneció a la capilla de los Eulate. De típica traza gótica, a base de pináculos y doseles calados de gran riqueza, cobija en su calle central un grupo escultórico de la Virgen y Santa Isabel de estilo hispano-flamenco, distribuyéndose por el resto del retablo pinturas sobre tabla que pueden adscribirse al círculo de seguidores de Pedro Días de Oviedo, autor del retablo de la catedral de Tudela. Estas pinturas, propias también de un estilo hispano-flamenco aunque con avances hacia lo renacentista, representan el ciclo de la Infancia de Cristo, más diversos patriarcas y profetas que quedan en el banco, sobresaliendo estos personajes por sus rostros de carácter retratístico, en especial David, que recuerda a Fernando el Católico.

En consonancia con la riqueza del templo, el coro posee una sillería manierista de gran decoración, obra del artista local Martín Gumet, quien la realizó a partir de 1561, coincidiendo con las reformas renacentistas del edificio. Sus tableros lucen relieves del Salvador los Apóstoles entre los Santos Pares y los Evangelistas, cuyo estilo expresivista está muy próximo al arte riojano de la época. En una tribuna lateral se emplaza un monumental órgano rococó, contratado en 1756 con Diego de Camporredondo, que en estructura y decoración se concibe como un retablo. Por las mismas fechas, el mismo Camporredondo se ocupó de la cajonería dispuesta en los tres frentes principales de la sacristía con un aparatoso remate, también a manera de retablo, albergando diversas imágenes de santos, todas ellas del citado escultor, salvo un San Miguel, que pertenece al siglo XVII y al taller de los Jiménez.

El tesoro parroquial incluye un buen número de piezas de orfebrería y entre ellas destacan unas crismeras renacentistas de plata debidas al orfebre pamplonés Felipe de Guevara y fechadas en 1561. Singular es una campanilla de bronce, procedente de talleres flamencos que data del 1569. Abundan las obras del Barroco y del Rococó, sobresaliendo dos relicarios de finales del siglo XVIII, uno en forma de cruz, de plata, que lleva el punzón de Los Arcos y otro con un ángel de bronce que porta cruz, de procedencia extranjera. También son numerosas las piezas neoclásicas y por su calidad merecen especial mención un cáliz, un blandón y una bandeja con campanilla de estilo Tolsá, obras mexicanas de Antonio Forcada y la Plaza de comienzos del siglo XIX. A esta misma centuria pertenecen tres ostensorios de plata de original diseño.

Dentro del casco urbano también se localiza el convento de Concepcionistas, originalmente de Capuchinos, cuyas obras las llevaba a cabo en 1660 el cantero Pedro de Miranda. Tiene iglesia de una sola nave con tres tramos de bóvedas de medio cañón y cabecera recta que recibe una bóveda de aristas; a ella asoman capillas con distintos tipos de cubiertas. Muy sobrios con los exteriores, resolviéndose su fachada principal en un sencillo paramento, en el que sólo resalta un escudo de Los Arcos, que a partir de 1674 labró el escultor estellés Pedro López de Frías. En las dependencias conventuales se conservan las hermosas tallas barrocas de la Inmaculada, obra de hacia 1700, y San Francisco de Asís, ya de la segunda mitad del siglo XVIII y de escuela cortesana, ambas del convento de Talavera de la Reina, de donde proceden las monjas concepcionistas. También destaca una interesante colección de orfebrería, cuyas piezas abarcan desde el siglo XVI al XIX.

En el término de la población existen varias ermitas e iglesias rurales. Junto al antiguo camino de Santiago queda la ermita de San Blas, primitivamente de San Lázaro, con ábside románico del siglo XII y larga nave cuya apariencia actual obedece a una reforma barroca. En un montículo próximo se localiza la ermita del Calvario, construida a partir de 1718 con la intervención del maestro Antonio Catalán. Es una sencilla nave con cuatro tramos de bóveda de medio cañón, decorándose el correspondiente al presbiterio con yeserías barrocas. Dentro de ella se guarda el crucifijo de hacia 1560-70, obra expresivista de transición al romanismo. La ermita de San Sebastián se remonta al siglo XVI, aunque está muy retocada. Presenta nave rectangular, a la que se accede por el portal apuntado. Su imagen titular es una talla de la segunda mitad del siglo XV, de estilo hispano-flamenco. También está muy retocada la ermita de San Lorenzo, destacando en ella la talla del santo, que documentalmente se sabe que la hizo Pedro Jiménez, cobrando por ella en 1629. La ermita de San Vicente, que fue iglesia del antiguo lugar de Yániz, ofrece estructuras barrocas del siglo XVII que definen una nave rectangular, aunque su cubierta plana es moderna.Órgano. Cuenta con un ejemplar rococó. Este estilo, que afecta sobre todo a los aspectos decorativos, está muy presente en las cajas de los órganos. De esta época (segunda mitad del siglo XVIII) quedan muchos, y son los de fachadas más llamativas y fastuosas.
La monumental fachada de Los Arcos fue realizada por el «escultor, arquitecto y santero, vecino de la ciudad de Tarazona» Diego de Camporredondo (1760-61).

Arquitectura civil: Esta villa presenta un casco urbano de origen medieval, aunque los edificios que lo componen pertenecen a siglos posteriores. No quedan vestigios del antiguo castillo. Entre éste y el río Odrón se formó el actual núcleo urbano a consecuencia de la repoblación de Sancho el de Peñalén, a finales del siglo XI, presentando un trazado de largas calles paralelas y otras perpendiculares, típico de los repoblamientos medievales. El recinto quedaba cerrado por un cinturón de murallas, cuyas estructuras aún pueden contemplarse reutilizadas en construcciones posteriores. También subsisten los portales del Estanco y Castilla, este último una obra del siglo XVII, aunque retocado en época de Felipe V, que simula una especie de arco de triunfo rematado en un aparatoso escudo de la Monarquía española entre otros de Los Arcos. A las calles y plazas de esta villa asoman numerosos edificios de noble fábrica, muchos de ellos blasonados, pertenecientes a los siglo XVI, XVII y XVIII. Mención especial merece la antigua Casa de la Villa, sita en la Plaza del Coso, cuyas obras se llevaron a cabo a partir de 1724 con la intervención del cantero Francisco de Ibarra. Forma una gran mole horizontal de sillería y ladrillo con dos cuerpos y ático. Esquema semejante, aunque mucho más satisfactorio por la ordenada articulación de sus alzados, presenta el edificio del ayuntamiento, iniciado en 1764 conforme al proyecto del maestro de Lodosa Andrés García. En sus inmediaciones se localiza una mansión barroca con dos cuerpos de cantería y otro de ladrillo, todos ellos provistos de pilastras, que guarda evidentes analogías con el ayuntamiento.

 En esta villa destaca como principal monumento la parroquia de Santa María, uno de los edificios religiosos más destacables de Navarra, engalanado con fastuosas decoraciones renacentistas y barrocas. Su origen hay que remontarlo al último cuarto del siglo XII, posiblemente a 1175, cuando Sancho el Sabio otorgó a la villa sus fueros. Entonces se emprendió la construcción de una iglesia protogótica, en relación con las de los grandes monasterios benedictinos y cistercienses de la época, que estaba terminada para el año 1270. En esta fecha el obispo de Pamplona don Armingot la hipotecó con la abadía de Salinas de Oro al obispo Bibiano de Calahorra. Este primitivo templo medieval tuvo tres naves alargadas con arcos apuntados sobre pilares cruciformes provistos de medias columnas en sus frentes y otras enteras en los codillos, a juzgar por los restos que de esta fábrica protogótica se aprovecharon en el coro y sotocoro. En aquél se conserva un alto arco apuntado, reutilizado para su embocadura, que debió ser uno de los fajones de la nave central, la cual se cubriría por bóvedas de medio cañón apuntado. Este tipo de cubierta aún subsiste en la vieja capilla bautismal, sita a los pies de la iglesia, tras el sotocoro. Junto a ella por el lado de la Epístola, se erigió en torno al 1500 la capilla de los Eulate, dependencia cuadrada con bóveda de terceletes que comunicaba directamente con la calle a través de una portada de dintel moldurado, cuyo remate ofrece un apuntamiento con macollas entre pináculos, todo ello contenido en el gótico tardío de estas fechas.

Durante la segunda mitad del siglo XVI, aproximadamente entre 1561 y 1591, la parroquia sufrió una importante transformación de estilo plateresco, que fue encomendada a los canteros vascos Martín y Juan de Landerráin, muy activos por aquellas fechas en Guipúzcoa, Aragón, Rioja y Navarra. Además de la portada de ingreso y de la torre, dichos maestros remodelaron el interior de la iglesia y de estos trabajos hay que resaltar las obras que afectaron al coro y sus dependencias anejas. El coro, elevado sobre arco con los tondos de la Virgen de la Anunciación y el Arcángel San Gabriel, es un amplio espacio rectangular de gran riqueza decorativa, cubierto por bóveda estrellada con nervios mixtilíneos y claves labradas que incluyen bustos del Padre Eterno, la Virgen, los Apóstoles y otros santos, completándose tales ornatos con las ménsulas platerescas que recogen los nervios. Esta cubierta se prolonga hacia los pies por medio de un arco de medio punto, cuyos casetones se aprovecharon para colocar bustos de los Santos Padres, los profetas y las virtudes, más símbolos diversos, cabezas de querubín o simples rosetas. No menos suntuoso es el acceso al coro, realizado desde el lado del Evangelio a través de una escalera de dos tramos paralelos con balaustrada, en cuyo arranque aparece un león recostado portando las insignias de San Pedro en una cartela de cueros retorcidos.

El definitivo aspecto del templo se alcanzó en la reforma barroca llevada a cabo entre 1699 y 1705 bajo la dirección de Juan Antonio San Juan, veedor de obras del obispado de Pamplona. Prácticamente, la parroquia se construyó de nuevo, respetándose tan sólo la fábrica de los pies. De esta suerte se convirtió en una iglesia de cruz latina, muy semejante a las de los conventos de la época, pero de grandes dimensiones, con espaciosa nave, más ancha que la medieval, y un gran crucero que sirve de embocadura a una cabecera poligonal con gran exedra en el centro, exigida por el aprovechamiento del retablo mayor que se había labrado unas décadas antes. Los alzados del templo se articulan por un orden gigante de pilastras cajeadas con capiteles compuestos de follajes completan su efecto la cornisa que monta sobre ellas y recorre todo el perímetro de la cruz. Entre dichas pilastras se abren altos arcos de medio punto que comunican con las capillas laterales de la nave, cuyo intradós descansa a su vez en otras pilastras pero de orden normal. Todo el recinto se cubre por bóvedas de medio cañón con lunetos y fajones, salvo el tramo central del crucero que recibe una media naranja sobre pechinas, imponente no sólo por sus dimensiones sino también por su abigarrada decoración de yeserías, obra de artistas de Calahorra. También contribuyen a la riqueza decorativa del interior las pinturas que entre 1742 y 1745 realizó José Bravo, maestro mayor de dorados, estofador y pintor del obispado de Burgos. Dichas pinturas aparecen fundamentalmente en las cubiertas donde fingen escenas religiosas diversas, además de variados motivos ornamentales, aunque recubren igualmente los muros del crucero y de la cabecera, en este caso como unos tapices de rico color y fondos dorados, no al fresco sino al óleo sobre paneles de madera. Años después, en torno a 1761, José Ordocia, con diseños de Santiago Zuazo, pintó los frescos rococó del coro, de nuevo con representaciones religiosas. A tono con este conjunto existe una sacristía, emplazada junto a la cabecera por el lado de la Epístola, cuyos muros y cúpulas llevan otras pinturas de Ordocia, simulando motivos rocallescos.

En el exterior la parroquia muestra una fábrica de excelente sillería sobre la que monta el cuerpo octogonal de la cúpula, construido en ladrillo. Por el lado del Evangelio se antepone un pórtico barroco con siete medios puntos que montan en pilares cruciformes, según el proyecto del veedor San Juan que fue llevado a cabo por el cantero de la zona Francisco de Ibarra. Esta galería protege una portada plateresca de hacia 1560-70, que se aprovechó en la reedificación del siglo XVIII. Obra de los Landerráin, se concibe como una especie de retablo de estructura abocinada, quizá por influencia de una portada románica anterior, aunque también son claros los débitos a la solución absidal de la portada de Santa María de Viana. Como el primer cuerpo de ésta, presenta un esquema de arco de triunfo con un amplio medio punto enmarcado por parejas de columnas acanaladas y compuestas, en cuyos entrepaños se sitúan sendas hornacinas bajo veneras. Con el empaque y clasicismo de este cuerpo contrasta un ático formado por columnillas y frontón triangular situado bajo un arco abocinado cubierto por cuatro series de casetones. Esta estructura recibe una abundante y dinámica decoración plateresca, conviviendo grutescos, rosetas y cabezas de querubines que guarnecen los principales elementos arquitectónicos. La producción escultórica se enriquece además con una completa iconografía, que desde el ático preside una Virgen sedente con el Niño de belleza idealizada, muy clásica, si bien resultan más satisfactorias las dos esculturas de San Pedro y San Pablo sitas en los nichales del cuerpo inferior, ambas de un fuerte expresivismo en relación con las escuelas riojanas y burgalesas del momento, que determina sus contorsionadas posturas y agitados paños; sus cabezas también son magníficas, en particular la de San Pablo que sigue el modelo del Moisés de Miguel Ángel. A continuación de esta portada y en los pies del edificio se eleva la torre renacentista de la iglesia, la más hermosa y monumental del siglo XVI en Navarra, de cuyas obras se encargaron asimismo los Landerrain. Presenta tres cuerpos cúbicos decrecientes y un cuarto octogonal, en el que se concentra la riqueza arquitectónica y decorativa del proyecto, con arbotantes que descargan en robustos cilindros extremos y caladas tracerías góticas en los arcos y óculos, más una balaustrada que rodea todo su contorno. Los Landerrain posiblemente intervinieron también en el claustro que en 1564 se construyó en el lado opuesto de la parroquia. De estructuras góticas, es un recinto cuadrado con cinco arquerías apuntadas por crujía, ostentando cada una de estas arcadas una compleja tracería flamígera. Esta riqueza del claustro se acentúa con las ménsulas y claves esculpidas de sus bóvedas de crucería.

El interior barroco de esta parroquia se halla presidido por un gigantesco retablo mayor, cuya larga historia se remonta al año 1648, aunque recientemente fue labrado entre 1664 y 1684, ocupándose de él los maestros arquitectos Martín de Aranalde y José Viñaspre más los escultores Pedro Uqueraniz y Juan de Amézqueta. El retablo constituye un extraordinario conjunto, acrecentando su interés al ser una de las primeras muestras de la retablística barroca en Navarra. Consta de banco y dos cuerpos divididos en tres calles por columnas de estrías onduladas, según un esquema que no varía mucho del empleado décadas antes en los proyectos romanistas, e incluso sus soportes resultan arcaizantes, si bien incorpora como novedad un gran cascarón de remate, que preludia las soluciones más avanzadas del siglo XVIII. Su principal rasgo barroco hay que buscarlo en la abigarrada decoración a base de roleos vegetales o abultadas placas de hojarasca de apariencia cactiforme, motivos que recuerdan los ornatos de los retablistas cortesanos de mediados del siglo XVII, con Pedro de la Torre o Alonso Cano. Este entramado alberga escenas de la Pasión de Cristo, que quedan en el banco, y diversos misterios de la vida de la Virgen distribuidos por las calles laterales hasta culminar en el grupo de la Asunción que preside el ático. Con ellos se entremezclan las imágenes de los doce Apóstoles, que aparecen delante de las columnas para así simbolizar su misión en el edificio místico de la Iglesia. Tanto los relieves como estos bultos se caracterizan fundamentalmente por un naturalismo derivado del arte de Gregorio Fernández, lo mismo que los acartonados pliegues de sus ropajes, aunque también perviven algunos esquemas romanistas, al igual que en la traza. Pese a esta proliferación de esculturas barroca, el retablo en su conjunto sirve de marco para la imagen gótica de Santa María de los Arcos, que ocupaban nicho principal. Es una extraordinaria talla de la Virgen sedente con el Niño, fechable en el siglo XIV, como otras semejantes de Navarra que responden igualmente al modelo de Andra Mari. La imagen sólo admite parangón con la Virgen de la Barda de Fitero o la Virgen de Miranda de Arga, tanto por su monumentalidad como por su perfección. Bajo ella se alza el aparatoso sagrario expositor que a partir de 1736 talló Juan Ángel Nagusia, todo él recubierto de follajes y guirnaldas. Poco tiempo después, hacia mediados del siglo XVIII, el retablo se aumentó con dos alas que repiten su traza y elementos arquitectónicos, aunque el ornato, próximo ya a lo rococó, les confiere un aspecto mucho más delicado. En ambas piezas se localizan cuatro tallas de los arcángeles que sustituyen los Apóstoles de la parte central. Con este retablo mayor forman conjunto los dos colaterales que se adosan a los brazos del crucero, sirviendo de embocadura al presbiterio. Dedicados a San Juan Bautista y la Inmaculada Concepción, testimonian la gran inventiva y destreza del artista estellés Juan Ángel Nagusia, quién trabajó en estos retablos entre 1718 y 1721. Sus dos cuerpos de columnas salomónicas aparecen totalmente cubiertos de una prolija ornamentación de follajes, más cabecitas infantiles de tocados diversos, otorgándoles un gran efecto de suntuosidad, realengo por el esplendor de sus oros. En el primero de estos colaterales figuran dos tallas de San Juan Bautista y Santa Elena, de transición del romanismo al barroco, que deben pertenecer al retablo que hizo el escultor Pedro Jiménez en torno a 1627; sobresale la imagen del Bautista, que sigue el modelo de Juni. La Inmaculada concepción del otro colateral es una típica talla dieciochesca con telas policromadas. Estos retablos de la cabecera se completan con los laterales que asoman a la nave desde las capillas de San Francisco Javier y San Gregorio Ostiense, obra también de Juan Ángel Nagusia, aunque en la ejecución de uno y otro median más de treinta años, ya que el de San Gregorio fue tallado a partir de 1710 mientras que el otro se contrata en 1741. Los dos se ajustan prácticamente a una misma traza, comprendiendo un alto banco, cuerpo y ático curvo, los cuales acogen un buen número de columnas salomónicas y estípites. No obstante, la estructura aparece como aplanada, sobre todo si se compara con los colaterales del crucero, acentuándose este efecto por sus mayores dimensiones. Su riqueza decorativa es menos abigarrada que en la de los referidos colaterales. Dichos ornatos son particularmente finos en el altar de San Francisco Javier, donde serpentean unos follajes menudos y de delicado tratamiento, propio de su cronología más avanzada. También contribuye a la riqueza de estos retablos una abundante imaginería barroca de composiciones movidas y paños volados. Mención especial merecen las tallas del altar de San Gregorio, entre ellas las imágenes de Santa Bárbara, el Santo Ángel Custodio y San Miguel así como la de Santa Catalina, que en 1760 talló el escultor de Calahorra Diego de Camporredondo; el titular es una obra de finales del siglo XVII, posiblemente de Francisco Jiménez, descendiente del citado Pedro Jiménez. Cerca de este retablo se localiza el de la Visitación, obra de comienzos del siglo XVI, que en su día perteneció a la capilla de los Eulate. De típica traza gótica, a base de pináculos y doseles calados de gran riqueza, cobija en su calle central un grupo escultórico de la Virgen y Santa Isabel de estilo hispano-flamenco, distribuyéndose por el resto del retablo pinturas sobre tabla que pueden adscribirse al círculo de seguidores de Pedro Días de Oviedo, autor del retablo de la catedral de Tudela. Estas pinturas, propias también de un estilo hispano-flamenco aunque con avances hacia lo renacentista, representan el ciclo de la Infancia de Cristo, más diversos patriarcas y profetas que quedan en el banco, sobresaliendo estos personajes por sus rostros de carácter retratístico, en especial David, que recuerda a Fernando el Católico.

En consonancia con la riqueza del templo, el coro posee una sillería manierista de gran decoración, obra del artista local Martín Gumet, quien la realizó a partir de 1561, coincidiendo con las reformas renacentistas del edificio. Sus tableros lucen relieves del Salvador los Apóstoles entre los Santos Pares y los Evangelistas, cuyo estilo expresivista está muy próximo al arte riojano de la época. En una tribuna lateral se emplaza un monumental órgano rococó, contratado en 1756 con Diego de Camporredondo, que en estructura y decoración se concibe como un retablo. Por las mismas fechas, el mismo Camporredondo se ocupó de la cajonería dispuesta en los tres frentes principales de la sacristía con un aparatoso remate, también a manera de retablo, albergando diversas imágenes de santos, todas ellas del citado escultor, salvo un San Miguel, que pertenece al siglo XVII y al taller de los Jiménez.

El tesoro parroquial incluye un buen número de piezas de orfebrería y entre ellas destacan unas crismeras renacentistas de plata debidas al orfebre pamplonés Felipe de Guevara y fechadas en 1561. Singular es una campanilla de bronce, procedente de talleres flamencos que data del 1569. Abundan las obras del Barroco y del Rococó, sobresaliendo dos relicarios de finales del siglo XVIII, uno en forma de cruz, de plata, que lleva el punzón de Los Arcos y otro con un ángel de bronce que porta cruz, de procedencia extranjera. También son numerosas las piezas neoclásicas y por su calidad merecen especial mención un cáliz, un blandón y una bandeja con campanilla de estilo Tolsá, obras mexicanas de Antonio Forcada y la Plaza de comienzos del siglo XIX. A esta misma centuria pertenecen tres ostensorios de plata de original diseño.

Dentro del casco urbano también se localiza el convento de Concepcionistas, originalmente de Capuchinos, cuyas obras las llevaba a cabo en 1660 el cantero Pedro de Miranda. Tiene iglesia de una sola nave con tres tramos de bóvedas de medio cañón y cabecera recta que recibe una bóveda de aristas; a ella asoman capillas con distintos tipos de cubiertas. Muy sobrios con los exteriores, resolviéndose su fachada principal en un sencillo paramento, en el que sólo resalta un escudo de Los Arcos, que a partir de 1674 labró el escultor estellés Pedro López de Frías. En las dependencias conventuales se conservan las hermosas tallas barrocas de la Inmaculada, obra de hacia 1700, y San Francisco de Asís, ya de la segunda mitad del siglo XVIII y de escuela cortesana, ambas del convento de Talavera de la Reina, de donde proceden las monjas concepcionistas. También destaca una interesante colección de orfebrería, cuyas piezas abarcan desde el siglo XVI al XIX.

En el término de la población existen varias ermitas e iglesias rurales. Junto al antiguo camino de Santiago queda la ermita de San Blas, primitivamente de San Lázaro, con ábside románico del siglo XII y larga nave cuya apariencia actual obedece a una reforma barroca. En un montículo próximo se localiza la ermita del Calvario, construida a partir de 1718 con la intervención del maestro Antonio Catalán. Es una sencilla nave con cuatro tramos de bóveda de medio cañón, decorándose el correspondiente al presbiterio con yeserías barrocas. Dentro de ella se guarda el crucifijo de hacia 1560-70, obra expresivista de transición al romanismo. La ermita de San Sebastián se remonta al siglo XVI, aunque está muy retocada. Presenta nave rectangular, a la que se accede por el portal apuntado. Su imagen titular es una talla de la segunda mitad del siglo XV, de estilo hispano-flamenco. También está muy retocada la ermita de San Lorenzo, destacando en ella la talla del santo, que documentalmente se sabe que la hizo Pedro Jiménez, cobrando por ella en 1629. La ermita de San Vicente, que fue iglesia del antiguo lugar de Yániz, ofrece estructuras barrocas del siglo XVII que definen una nave rectangular, aunque su cubierta plana es moderna.Órgano. Cuenta con un ejemplar rococó. Este estilo, que afecta sobre todo a los aspectos decorativos, está muy presente en las cajas de los órganos. De esta época (segunda mitad del siglo XVIII) quedan muchos, y son los de fachadas más llamativas y fastuosas.
La monumental fachada de Los Arcos fue realizada por el «escultor, arquitecto y santero, vecino de la ciudad de Tarazona» Diego de Camporredondo (1760-61).

Arquitectura civil: Esta villa presenta un casco urbano de origen medieval, aunque los edificios que lo componen pertenecen a siglos posteriores. No quedan vestigios del antiguo castillo. Entre éste y el río Odrón se formó el actual núcleo urbano a consecuencia de la repoblación de Sancho el de Peñalén, a finales del siglo XI, presentando un trazado de largas calles paralelas y otras perpendiculares, típico de los repoblamientos medievales. El recinto quedaba cerrado por un cinturón de murallas, cuyas estructuras aún pueden contemplarse reutilizadas en construcciones posteriores. También subsisten los portales del Estanco y Castilla, este último una obra del siglo XVII, aunque retocado en época de Felipe V, que simula una especie de arco de triunfo rematado en un aparatoso escudo de la Monarquía española entre otros de Los Arcos. A las calles y plazas de esta villa asoman numerosos edificios de noble fábrica, muchos de ellos blasonados, pertenecientes a los siglo XVI, XVII y XVIII. Mención especial merece la antigua Casa de la Villa, sita en la Plaza del Coso, cuyas obras se llevaron a cabo a partir de 1724 con la intervención del cantero Francisco de Ibarra. Forma una gran mole horizontal de sillería y ladrillo con dos cuerpos y ático. Esquema semejante, aunque mucho más satisfactorio por la ordenada articulación de sus alzados, presenta el edificio del ayuntamiento, iniciado en 1764 conforme al proyecto del maestro de Lodosa Andrés García. En sus inmediaciones se localiza una mansión barroca con dos cuerpos de cantería y otro de ladrillo, todos ellos provistos de pilastras, que guarda evidentes analogías con el ayuntamiento.